Hoy cumpliría años mi abuela Lydia. Mi abuela murió durante la pandemia y como sucedió con mucha gente que murió en el aislamiento, es como si hubiera desaparecido. Ahora me tengo que recordar, cada tanto, que ya no está. Es un segundo en el que tengo una especie de despertar de la conciencia que me dice: "se murió", como si fuera que estuviera sucediendo ahora mismo. Esto me pasa, por lo menos, una vez al mes desde octubre del 2020. Me pregunto si el resto de los días en los que no tengo ese momento de lucidez, mi mente considera que mi abuela aún vive. Porque ahora que vivo a 1.578km de su casa, ¿cómo puedo corroborar yo que eso es cierto? Bastaría levantar el teléfono y marcar el suyo, el único de línea que aún recuerdo: 4743-9495, pero no me animo a hacerlo.
De mi abuela heredé el gen comerciante. Mucho antes de que yo naciera, mi abuela tuvo un negocio en el frente de su casa en Béccar, en lo que era en ese entonces la última línea de civilización antes del campo abierto. Vendía ropa interior y piyamas, primero, y después fue sumando otro tipo de prendas. En su vejez, ya aburrida y sola en su casa, una vez un novio mío le regalo unas pulseras y unos collares que él fabricaba, de cuero y alpaca, para que pudiera venderlos. Fueron días de conocer a una abuela que nunca había visto: ávida, sanguínea, sagaz. Hacía cuentas en el aire de a qué vecina visitar, en qué horario, con qué mercadería. Y el día en que hacía una venta era un día feliz.
Yo no me imagino placer alguno en la venta de cualquier cosa que no sea un libro. Pero cada vez que vendo uno, y siento un cosquilleo, me acuerdo de mi abuela Lydia y le guiño un ojo mientras anoto la venta.
*de mis abuelos y otras cuantas cosas más escribí en esta revista digital de arte contemporáneo